Llegas tarde. Subes por una rampa mientras cantas esa canción. Hay mierdas de perro guardadas en bolsas negras atadas con un lazo. El acero suena bajo tus pies. Una barandilla de ballet te separa del abismo. Un Hogar para la Altura de tus Sueños. Vas a salir volando. Te atas los cordones. Las luces se reflejan tan fuerte en el metal que ya no se ve ningún color. Estabas cantando pero ya no. Te rascas la cara llena de aceite. No ves bien qué hay ahí. Te secas una lágrima de líquido refrigerante. Hay una zapatilla en el centro del puente. Sí, es posible que no sea tu zapatilla la que está tirada ahí, en el centro del puente, de lado. Puede que sea de otra persona. Un señor sigue a un perro muy limpio con las manos en los bolsillos. No te ven. Una gota de sudor cuelga del puente de la M-30. Pero te están mirando. Una pelota ha llegado hasta ti. Ahora que estás aquí y te da el aire en la frente. Te miro con las manos en los bolsillos. Ya no deambulas, porque solo pueden deambular los que roban tiempo para ello. Preciosos minutos que se las ingenian para arañar de sus horarios.
Texto por María Pagola